Raíces que fertilizan, tecnología que decide y suelos reinventados

En el campo hay una parte de la producción que no aparece en las fotografías de las cosechas. No se mide en toneladas de soya, maíz o trigo. Tampoco se ve cuando una cosechadora atraviesa una parcela. Está debajo de los pies del productor y, sin embargo, puede definir cuánto producirá dentro de cinco, diez o veinte años. Son las raíces . Algunas bajan varios centímetros; otras penetran mucho más profundo.
Unas exploran el suelo en busca de agua y nutrientes; otras dejan canales cuando mueren. Algunas trabajan junto con microorganismos capaces de fijar nitrógeno. Todas forman parte de una fábrica silenciosa que durante mucho tiempo quedó relegada frente a la discusión sobre semillas, fertilizantes, maquinaria y agroquímicos . La agricultura sostenible empieza a mirar precisamente allí. No como una agricultura que renuncia a los fertilizantes, los herbicidas, la maquinaria o la tecnología, sino como un sistema que intenta hacer que cada uno de esos recursos trabaje mejor y durante más tiempo.
Ese fue uno de los mensajes centrales que dejó el Primer Congreso Internacional de Agricultura Sostenible de la Asociación de Productores de Oleaginosas y Trigo (Anapo), que durante dos jornadas reunió en Santa Cruz a especialistas de Bolivia, Argentina y Brasil y que posteriormente abrió un nuevo capítulo con un simposio destinado a estudiantes universitarios. El encuentro permitió poner sobre la mesa una pregunta que cada vez adquiere mayor importancia para el agro boliviano: ¿cómo producir más sin convertir al suelo en una cuenta que se agota campaña tras campaña?
La respuesta no pasa por una sola tecnología. Pasa por combinar conocimiento sobre el suelo, rotación de cultivos, cobertura vegetal, raíces profundas, fertilización racional, bioinsumos, agricultura de precisión, manejo integrado de plagas y nuevas herramientas digitales. Y por sobre todo comprende que para un productor, conservar el suelo también es una decisión empresarial. El costo de no cuidar la tierra Apuesta.
La revolución que está ocurriendo debajo del cultivo es entender que el suelo no es simplemente el lugar donde crece la planta. Es uno de los principales activos del negocio agrícola ¿La agricultura sostenible es más cara? La respuesta no es un sí o un no. Puede ser más cara al comienzo, pero no necesariamente lo es cuando se calcula el costo del sistema completo y se mira más de una campaña. Sembrar un cultivo de servicio implica comprar semilla , utilizar maquinaria, incorporar una operación adicional y administrar el lote.
La fertilización de precisión requiere análisis, mapas, sensores y equipos capaces de dosificar de manera diferenciada. La agricultura de precisión necesita información y capacitación. Todo eso cuesta. Pero, también cuesta trabajar un suelo compactado. Cuesta perder agua por escorrentía. Cuesta aplicar fertilizante donde no hace falta y dejar de aplicarlo donde sí se necesita. Cuesta tener una parcela que responde cada vez menos a los mismos niveles de inversión.
Por eso, el cálculo empieza a cambiar. La pregunta deja de ser cuánto cuesta una práctica sostenible y pasa a ser cuánto cuesta producir durante años con un suelo que pierde fertilidad, estructura y capacidad de almacenar agua. La experiencia de Argentina y Brasil muestra que muchas de estas prácticas se han incorporado precisamente porque tienen una dimensión productiva y económica, además de ambiental.
Otras experiencias En Brasil, por ejemplo, la siembra directa forma parte de sistemas que buscan reducir la remoción del suelo, conservar residuos vegetales en superficie y mejorar el aprovechamiento de agua y nutrientes. La sostenibilidad, por tanto, no significa necesariamente gastar menos desde el primer día. Significa buscar que cada boliviano invertido en el campo genere un retorno más eficiente y, al mismo tiempo, que la tierra conserve su capacidad de producir.
Gervasio Piñeiro, ingeniro Agrónomo de la Universidad de Buenos Aires (UBA) e invetigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), especialista en dinámica del carbono, fertilidad y funcionamiento de los ecosistemas, llevó la discusión hacia uno de los puntos centrales del Congreso: el suelo no es un soporte inerte donde se coloca una semilla . Es un sistema vivo. La materia orgánica es una de sus piezas fundamentales.
Alimenta microorganismos, contribuye a la estructura y participa en la disponibilidad de nutrientes y agua. Por eso, cuando se habla de cultivos de servicio, la mirada está puesta mucho más allá de la planta comercial. Un cultivo de servicio puede no terminar en una cosecha que se vende. Su “producto” puede ser otro: una mayor cantidad de raíces, cobertura, biomasa, fijación de nitrógeno, reciclaje de nutrientes o mejora de la estructura del suelo.
Aquí aparece uno de los cambios conceptuales más interesantes. El productor ya no siembra únicamente para cosechar. También siembra para preparar el suelo para la siguiente cosecha. Piñeiro explicó que, dentro de las rotaciones, las especies de raíces profundas pueden contribuir a generar mayor cantidad de materia orgánica y favorecer la reposición de nutrientes. La idea es sencilla: una planta produce mucho más que aquello que termina dentro de una cosechadora.
Produce raíces, tallos, hojas y residuos. Una parte de ese material queda en el campo y se transforma en materia orgánica. Y esa materia orgánica alimenta la vida del suelo. Fertilización y tecnología Otro error frecuente consiste en pensar que agricultura sostenible equivale a agricultura sin fertilizantes. No es así. El suelo pierde nutrientes cuando se cosecha. Los granos salen del campo y con ellos salen nitrógeno, fósforo, potasio, azufre y otros elementos.
Si esos nutrientes no son repuestos, la fertilidad termina disminuyendo. La diferencia está en cómo se calcula la reposición. La fertilización moderna parte del análisis del suelo, las necesidades del cultivo y el potencial productivo de cada ambiente. El especialista argentino Nahuel Ignacio Reussi Calvo abordó, durante el ciclo de actividades de Anapo, la nutrición de cultivos y la fertilización aplicada, poniendo el conocimiento agronómico en el centro de una ecuación que tiene una consecuencia directa sobre el bolsillo del productor.
Durante el Congreso, el boliviano, Jorge Bismark Terrazas Justiniano, expuso sobre agricultura inteligente y manejo de suelos, mientras que Jorge Terrazas también abordó el análisis geoespacial y la agricultura de precisión. El brasileño Fernando Soriani presentó, por su parte, aplicaciones de drones y pulverización de precisión. El campo comienza así a incorporar herramientas que hace unos años parecían reservadas para industrias altamente tecnificadas.
Así, en la actividad agropecuaria, los satélites, drones, sensores, sistemas de posicionamiento, mapas de rendimiento, equipos de dosificación variable y plataformas digitales, ocupan un lugar importante. Sin embargo, la tecnología, en este caso, no reemplaza al agrónomo , sino le permite tomar mejores decisiones, observó Terrazas Justiniano. Durante el Congreso, los microorganismos entraron en escena, al abordar el uso de bioinsumos.
El especialista boliviano Rolando Oros Martínez presentó precisamente el tema “Bioinsumos para una agricultura rentable y sostenible”. El concepto es importante porque introduce otra dimensión en la agricultura: la biología. Los bioinsumos pueden incluir microorganismos, agentes de control biológico y productos de origen biológico destinados a mejorar determinados procesos productivos. Su potencial está en complementar, y en determinados casos reducir la dependencia de algunas herramientas químicas, siempre de acuerdo con la necesidad del cultivo y con evidencia técnica.
¿Y los rendimientos? Esta es probablemente la pregunta que más interesa al productor. Porque cuidar el suelo tiene sentido ambiental, pero la sostenibilidad necesita pasar por la caja. La evidencia regional indica que las prácticas sostenibles pueden mantener o elevar los rendimientos , aunque no existe una garantía automática y los resultados dependen del suelo, clima, cultivo, manejo y tiempo de adopción.
La experiencia argentina con cultivos de cobertura y siembra directa ha mostrado beneficios en materia de estructura, actividad biológica y disponibilidad de determinados nutrientes. En algunos ensayos también se observaron mejoras en el rendimiento de los cultivos comerciales. En Brasil, los sistemas de siembra directa y los modelos de integración agrícola-ganadera-forestal buscan simultáneamente recuperar suelos y elevar la eficiencia productiva.
El cierre técnico del Congreso tuvo un escenario especialmente significativo: la Chiquitanía. El ingeniero Jorge Escalante presentó su experiencia de manejo de agricultura sostenible en esta región, considerada por Anapo como una zona de expansión agrícola , productiva, pero que requiere especial cuidado. El Congreso de Anapo terminó con una conclusión que probablemente sea más importante que cualquier tecnología individual.
La sostenibilidad no es una receta. Es un sistema de decisiones.